Simple cuestión de prioridades: por encima de la necesidad de preservar la integridad de su vientre se encontraba el deseo imperioso de encontrar la libretilla que rehusaba de ser acogida por sus manos nerviosas y ciertamente escurridizas.
La llovizna comenzaba a hacer mella sobre su cuerpo enfundado en negro cuando se dispuso a anotar en el pequeño cuaderno un breve fragmento del libro que tan sólo un día antes había comenzado a leer con avidez, cuyas páginas le estaban robando el sueño y, de algún modo, la vida. El papel quedó manchado por la marca de la tinta, tres líneas torpes, y alguna que otra gota de polución comprimida, antes de ser devuelto a la mochila.
Una mirada al frente, un verde parpadeante, y una impulsiva carrera para cruzar la carretera antes de que un color y una convención se lo impidieran.
Algunas veces, su mirada se encontraba con la de otro transeúnte. Otras, ni siquiera eso era necesario para sentirse avasallada por una creciente necesidad de crear todo aquello que rápidamente florecía en su imaginación y así hacerlo real. Poder palparlo, contemplar lo que nunca llegaría a acercarse lo suficiente a esa realidad mental. Y atraparlo.
El gesto. El conté y el carbón.
Una mancha de acuarela.
Colores fríos, apagados, oscuros.
Tequila para disolver la pintura y las penas.
Y dejar a las frágiles gotas correr libres por el papel, el influjo de la gravedad.
El sexo implícito, los almendros en flor, el agua, el cielo, las ventanas, el Tú, el Yo, el amorodio y alguna especie de naturaleza invertida.
Los pensamientos corren a cuenta y riesgo del estruendo de la batería contra sus oídos, acompasando su respiración o eliminándola por completo. Las ideas fluyen a través de los sonidos más graves, entremezclados con un chillido agudo.
Cualquier otro tipo de sensación aún está por escribirse.
"Para cuando la razón es capaz de entender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas."
