Cuando era más joven y mi cuerpo más pequeño esto no pasaba.
Pero necesito subirme a esa mesa para poder salir a la ventana, sentarme en el alféizar y balancear mis piernas al son del viento, sobre el vacío que se abre bajo mis pies unos ocho pisos más abajo.
En realidad es todo mentira (qué es mentira y qué es verdad, si la verdad es una mera quimera). Lo que se posa sobre ese alféizar es mi cabeza. Observo el ir y venir de las nubes, que leves se disipan. Las retengo en mi mente hasta que rebosan electricidad y furiosas se baten las unas con las otras, gritando más de lo que yo jamás podré.
Y nada queda después, nada queda más que calma.
Pero necesito subirme a esa mesa para poder salir a la ventana, sentarme en el alféizar y balancear mis piernas al son del viento, sobre el vacío que se abre bajo mis pies unos ocho pisos más abajo.
En realidad es todo mentira (qué es mentira y qué es verdad, si la verdad es una mera quimera). Lo que se posa sobre ese alféizar es mi cabeza. Observo el ir y venir de las nubes, que leves se disipan. Las retengo en mi mente hasta que rebosan electricidad y furiosas se baten las unas con las otras, gritando más de lo que yo jamás podré.
Me llena, me colma, una energía que por mi cuerpo se expande con cada trueno, golpe seco que marca el ritmo frenético de su corazón.
Estoy perdida en esa canción.
Que me ahoga y me desborda, un escalofrío que de arriba abajo recorre la columna vertebral.
La convulsión.
La espiral.
Todo se contrae y en un instante se expande.
El suave color pastel que acaricia mi mejilla en la soledad, en mi desnudez.
Todo está bien —es cuanto quiero decir, cuanto necesito que sepas.
El resto es mediocre y carece de sentido.



