Ya lo decía el Poeta hace muchos años: vivimos en una sociedad sexocentrista.
Que si vestimos de tal forma, utilizamos la colonia "x" o mostramos cierta actitud premeditada al mundo (la fachada que nos une con esa supuesta realidad), es por y para el sexo.
Y esto es maravilloso, claro, sobre todo a estas edades en las que las hormonas están revolucionadas y las emociones a flor de piel, en las que no sabemos muy bien lo que queremos ("pero lo queremos ya") y mucho menos a dónde vamos, simplemente caminamos creyendo que podemos comernos el mundo y a la gente que lo conforma.
Pero si el sexo está sobrevalorado, no se debe únicamente a ese
instinto primario que nos caracteriza como animales que somos, sino que se ve incrementado por el simple hecho de que hasta hace dos días, como quien dice, ha sido el gran tema tabú. Más aún en estos tiempos de crisis y decadencia generalizada, en los que buscamos un refugio por remoto que sea.
Ahora que hemos abierto la caja de Pandora y hemos quedado deslumbrados por su interior, idealizándolo en la mayoría de los casos como algo que no es del todo alcanzable —porque estos humanos nunca están conformes con nada— somos incapaces de apartar la mirada y pensar en otra cosa que no sea el desahogo que ello nos produce. El placer por el placer, y, de vez en cuando, algún que otro sentimiento que lo acompaña.
Considero importante también el factor morboso que lleva desarrollando esta nuestra sociedad desde el siglo pasado una vez se han desprendido ciertos tapujos, la fascinación por lo prohibido o lo políticamente incorrecto. Aspecto que, por cierto, la publicidad ha sabido aprovechar muy bien.
Ayer hablaba con el Músico sobre este tema, entre otras cosas.
De cómo los empresarios se refugian en la excusa "nosotros damos a la gente lo que nos pide", cuando realmente son ellos quienes crean en la gente según qué necesidades, dependiendo de su propio interés —del egoísmo, en definitiva—, siendo lo único que ofrecen al mercado.
Posee lo que vendo y serás digno de poseer una vida superior.
Pues bien, ayer me quedé yo mirando al Músico, o más bien contemplándole cual "musa" que es, al tiempo que me preguntaba qué carajo tiene
(ajajaja) que me trastorna hasta el punto de hacerme perder la cordura con una sola palabra o un simple beso.
Analizándolo desde el punto de vista egoísta que me permitía banalizar cualquier tipo de encuentro sexual anterior, me pregunto si se debe al mero deseo de sentir algo de placer, por hacer algo distinto, por desaparecer un rato de la realidad. El abandono.
Pero, ¿por qué él, sólo él (la variable evidente que hace que todo sea distinto respecto al pasado) y no alguien más? ¿Por qué nunca antes había sentido esto?
Es entonces cuando aparece el nuevo matiz: ¿y si se tratase de
poseer lo más maravilloso que he conocido en mi vida en su total complejidad? ¿Hasta qué punto influye nuestra cultura, el capitalismo y toda la mierda que conlleva, en mi cabeza?
(Me desentiendo del sujeto pensante)
Como si la vida fuera un simple objeto, basada en el egocentrismo y en el individualismo de cada uno.
Ese ego personal que os permite pisotear a los demás y no sentir remordimiento porque "si no lo hacía yo, lo iba a hacer otro", porque "si antes me lo hicieron a mí, por qué no iba a devolverlo".
Me he negado a aceptar esto desde que tengo memoria.
El mundo no puede estar tan vacío, y si lo está, yo no formo parte de él.
Me doy cuenta, entonces, de que todas estas frías premisas carecen de fundamento.
Es por ello que paso las horas tratando de trascender cualquier concepto, por liviano que sea.
Detrás, hay mucho más de lo que queremos —o podemos— ver. Y esas verdades ocultas, o mostradas a medias, no son más que las que tú quieres que sean.
De este modo puedo afirmar que si muero por tenerle un poco más cerca es por la pseudo-inocente necesidad de volcar todo lo que soy y unirme a todo lo que amo, muy lejos de lo que algún día pudo significar el mismo acto. Llevada por algún tipo de sentimiento romántico (del Romanticismo, eh) y alguna que otra idealización innecesaria pero inevitable.
O por desfogarme.
O por amargura.
O por alegría.
O porque sí
O porque le amo y punto.
Inconscientemente buscamos de este modo el equilibrio que no encontramos en el mundo, que por un instante deja de existir por completo. Y nada hay mejor que eso.
...Mientras quede la música.
Esta parrafada es culpa de Jeff Koons.